Los diarios del sábado y las revistas del fin de semana me dejaron dando vueltas otra vez alrededor de la cada vez más obvia y preocupante falsificación de fuentes. Editorialistas consagrados y periodistas de poca monta por igual inventan textuales que abonan sus hipótesis y que luego atribuyen a ministros, funcionarios o dirigentes políticos anónimos que en realidad no existen.
Cualquiera que haya tenido la oportunidad de hablar con los protagonistas de las notas se da cuenta a la legua de que son puro humo.
Además, al ser tan frágiles editorialmente los productos que hay en el mercado, un importante ministro que la semana pasada había hablado para sostener la nota A, este fin de semana no tiene en apariencia ningún problema en decir todo lo contrario y hacer un aporte decisivo a la nota B.
Por eso, el oficio se debe un debate profundo acerca de cómo, cuándo y cuánto utilizar los off the record: una regulación al respecto vendría más que bien.




